Surfear la vida.


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Recuerdo un viejo chiste en el que se instruía a un chimpancé para pilotear una nave espacial. Como en ningún momento podía descuidar su tarea, sería acompañado por un humano quien dos veces al día, cuando sonara la alarma, tenía por única función darle de comer. Así es que este hombre, ya estando en el espacio, cada vez que escuchaba la alarma indicándole que era tiempo de hacer su trabajo, decía con aire de superioridad: “Ya es hora de alimentar a esta bruta bestia”

Nuestra consciencia no tiene ni idea del millar de funciones que realiza por segundo nuestro cuerpo, ni las más sofisticadas computadoras pueden igualar su nivel de complejidad. Vivimos gracias a que nuestro organismo no depende de nuestra inteligencia consciente. Si en cambio, dependería de nuestro control el realizar cada una de sus funciones… creo que sobreviviríamos apenas minutos. 
Lo único que tenemos que hacer es proveernos de sano alimento, oxigeno, hacer ejercicio y alguna que otra cosa mínima. Muchas veces ni siquiera hacemos correctamente esas tareas; no obstante, hacemos como si tuviésemos el control de nuestro cuerpo.


Tampoco sabemos realmente que ocurrirá con nosotros y en nuestro entorno al segundo después de terminar de leer la última palabra de esta oración… Sin embargo, ilusoriamente, también actuamos como si lo supiésemos certeramente y fingimos tener todo bajo control. Cuando, reiteradamente, la vida se encarga de mostrarnos que no es así: doblamos el esfuerzo para ser más estrictos en el control. Pero como íntimamente sabemos que sabemos muy poco, aumenta el miedo y la ansiedad cada vez que las cosas se nos escapan de las manos.

Parece ser entonces que la solución no esta en pretender controlar siempre todo… sino en reconocer nuestras posibilidades y limitaciones, en no sentir pánico ante lo que escapa a nuestro control y en confiar en el devenir de la vida.

No se trata de una confianza suicida, todo lo contrario. Nuestro cuerpo en particular y la vida en general disponen de una Inteligencia que vienen gestando y evolucionando desde hace millones de años y que nosotros, los humanos, apenas vislumbramos.  
Tal vez nuestro aprendizaje consista en sintonizar cada vez más con esa Inteligencia, para que a partir de ella logremos afinar nuestras acciones. Sería lo que en el taoísmo llaman “wu-wei”; es un concepto que significa “no-hacer” de manera fragmentada e independiente del Tao; hace referencia a la sabiduría de obrar conforme al Tao.

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Quizás el vivir se asemeje a la práctica del surf. El surfista discierne claramente que es lo que le compete y que es lo que lo trasciende,  no busca controlar los cambios de la ola y mucho menos exigirle que se quede quieta. Al contrario, la respeta y hace de ella su principal aliada; aprende a percibir los cambiantes movimientos que segundo a segundo hace la ola y se entrena no sólo para mantenerse en pie, sino también (y principalmente) para deslizarse en sincronicidad con ella… jugando y disfrutando de los creativos cambios que el mar le propone.

Juan Antonio Currado


2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

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  2. bellisima analogía!

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